La decisión aterradora de volver a ser yo
De niña, imaginar era el pan de cada día. No conocía de límites ni de juicios; habitaba mi yo más esencial. Me gusta creer que esa Val pequeña es la fórmula exacta de la Val adulta, y que recordar lo que la hacía feliz es la forma de conectar con mi centro
Pero crecí. Empecé a cargar con lo que esa niña desconocía: la pena, el miedo, la ansiedad, la presión constante por ser perfecta en el trabajo. Me agoté. Creí que bajarle al ritmo laboral bastaría para reencontrarme. Gané tranquilidad, pero seguía sintiendo que no era yo
Hasta que vi a otros en internet cumpliéndole promesas a sus niños interiores. Tuve un flashback de mi niña: creativa, libre, sin pena de dibujar o bailar, toda una diva. Quería volver a ser ella. Entendí que no necesitaba inventar nada nuevo. Ya tenía las acuarelas, las crayolas, los collages.
Pero los usaba con timidez. Le tenía pánico a la página en blanco y al error. Y es lógico: mi día a día transcurre aplicando consistencia visual, reglas y patrones. Soy ingeniera y diseñadora; me enamoré de resolver problemas y hacer el entorno digital accesible. Pero en el mundo corporativo no hay margen para el error. Esa necesidad de control y perfección me estaba asfixiando.
Mantenerse al ritmo que dicta el mundo sin perderse es una tarea titánica. Todos llegamos a un punto de quiebre donde hay que tomar la decisión aterradora de volver a ser nosotros mismos. Me negué a perder la oportunidad de crear por puro amor al arte junto a mis amigas, de intentar y aprender.
Hoy me enorgullece mirar mis días y ver que no solo están llenos de trabajo. Están llenos de algo propio. Están llenos de Tres de Papel.
